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El audaz complot para robar el cuerpo de Abraham Lincoln

En 1876, se desarrolló un crimen extraño en la historia de Estados Unidos: un intento meticulosamente planeado de robar el cuerpo de Abraham Lincoln de su tumba. El plan no fue impulsado por motivos políticos sino por una banda de falsificadores desesperada que buscaba rescatar los restos del presidente a cambio de la liberación de un miembro encarcelado y un pago sustancial. Si bien el complot fracasó, expuso impactantes vulnerabilidades en el lugar de descanso de Lincoln, lo que desencadenó una serie de años de nuevos entierros secretos y mayores medidas de seguridad.

Las secuelas del asesinato: una nación de luto

Tras el asesinato de Lincoln en abril de 1865, su muerte provocó un período de luto nacional sin precedentes. Su cuerpo pasó por una de las procesiones fúnebres más elaboradas de la historia de Estados Unidos, viajando en tren a través de las principales ciudades, lo que permitió a aproximadamente un millón de personas ver el ataúd directamente. Aproximadamente siete millones de estadounidenses, casi un tercio de la población, presenciaron el paso del tren o asistieron a eventos conmemorativos. Esta efusión de dolor consolidó el estatus de Lincoln como ícono nacional.

La tumba vulnerable

En 1871, se completó la gran Tumba de Lincoln en Springfield, Illinois, que albergaba el ataúd de Lincoln dentro de un sarcófago de mármol detrás de una puerta de acero cerrada con llave. Sin embargo, la seguridad era laxa y los visitantes podían acceder libremente al monumento. Esta vulnerabilidad pronto atrajo la atención de los delincuentes.

El plan de los falsificadores

En la década de 1870, la falsificación de moneda estaba muy extendida, lo que provocó la creación del Servicio Secreto de Estados Unidos. Una pandilla con sede en Chicago dirigida por James “Big Jim” Kinealy dirigió una importante operación de falsificación. Cuando su maestro grabador, Benjamin Boyd, fue arrestado en 1875, Kinealy ideó un plan audaz: robar el cadáver de Lincoln, exigir la liberación de Boyd y 200.000 dólares de rescate.

La traición y el casi éxito

Kinealy reclutó cómplices, incluidos Terrence Mullen y Jack Hughes, y reclutó a un supuesto ladrón de cadáveres llamado Lewis Swegles. Sin embargo, Swegles era en secreto un informante del Servicio Secreto. A pesar de la traición, los conspiradores casi lo lograron la noche de las elecciones de noviembre de 1876, aprovechando la distracción de la elección presidencial entre Rutherford B. Hayes y Samuel Tilden. Irrumpieron en la cámara funeraria y comenzaron a arrastrar el ataúd revestido de plomo de 500 libras hacia la salida cuando los agentes intervinieron, lo que resultó en una confrontación caótica. Los conspiradores huyeron, pero fueron rápidamente detenidos.

Consecuencias y legado

Las consecuencias legales fueron mínimas; Illinois carecía de leyes contra el robo de cadáveres y los hombres sólo recibieron sentencias de un año por conspiración. Sin embargo, el incidente provocó medidas frenéticas para asegurar los restos de Lincoln. Su ataúd fue trasladado al menos diecisiete veces durante las siguientes décadas, escondido en varios lugares dentro del monumento. En 1901, fue sellado permanentemente en una jaula de acero y enterrado bajo diez pies de concreto. Una verificación final confirmó la identidad del cuerpo antes de que se soldara la bóveda.

Hoy en día, los visitantes todavía pueden recorrer la Tumba de Lincoln en Springfield, sin darse cuenta de lo cerca que estuvo el presidente de ser robado. El incidente sigue siendo un escalofriante recordatorio de hasta dónde llegarán algunos, incluso por un cadáver, y de lo que otros harán para garantizar que la historia permanezca intacta.

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