La Gran Depresión trajo la ruina económica a Estados Unidos, con un desempleo que alcanzó un máximo del 25%. Pero mientras las ciudades padecían escasez de pan, los agricultores de las Grandes Llanuras se enfrentaron a una catástrofe diferente: el Dust Bowl. Esto no fue sólo mala suerte; fue un desastre nacido de una agricultura miope, una sequía implacable y la geografía implacable del corazón de Estados Unidos.

Las semillas del desastre: auge, caída y arado de las llanuras

La historia comienza con la Ley Homestead de 1862, que atrajo a los colonos al oeste con promesas de tierras gratis. Las Grandes Llanuras, a pesar de sus duras condiciones, parecían maduras para la explotación. Los avances en la tecnología agrícola (McCormick Reapers, arados de acero, tractores) hicieron posible el cultivo. Los precios del trigo se dispararon durante la Primera Guerra Mundial, lo que provocó una fiebre de tierras. Los agricultores araron casi 32 millones de acres de pastizales nativos entre 1910 y 1930, creyendo que “las lluvias siguen al arado”.

Este fue un error de cálculo fatal. Los pastos nativos mantuvieron unido el suelo y la falta de árboles dejó la tierra expuesta a vientos brutales. El final de la Primera Guerra Mundial provocó el colapso de los precios del trigo, lo que obligó a los agricultores a arar más tierra en un intento desesperado por compensar la caída de los ingresos. Las lluvias no siguieron; en cambio, en 1933 se produjo una sequía prolongada.

Ventiscas negras: cuando el cielo se volvió negro

El resultado fue catastrófico. La tierra arada, despojada de sus defensas naturales, se convirtió en polvo. Enormes tormentas de polvo, denominadas “ventiscas negras”, asfixiaron las llanuras. En 1932 hubo 14 tormentas; en 1933, ese número saltó a 38. Las plantas fueron arrastradas con arena hasta el olvido, el ganado asfixiado y la visibilidad a menudo se redujo a cero. Una tormenta infame, el Domingo Negro del 14 de abril de 1935, ennegreció el cielo como si fuera la noche y redujo las temperaturas 30 grados en cuestión de horas.

Las tormentas no fueron sólo un desastre agrícola. La neumonía por polvo mató a cientos de personas y las escuelas cerraron porque los padres mantuvieron a los niños adentro. El costo económico fue inmenso: 35 millones de acres de tierras agrícolas quedaron inutilizables en 1934, un área del tamaño de Wisconsin. Otros 100 millones de acres perdieron la mayor parte de su capa superior del suelo, un área comparable a California.

Éxodo e intervención: el gobierno interviene

La crisis desencadenó una migración masiva. Casi 2,5 millones de personas abandonaron las Grandes Llanuras, empacaron lo poco que tenían y se dirigieron al oeste, a menudo a California. Esta afluencia abrumó al estado, creando escasez y deprimiendo los salarios. La difícil situación de estos inmigrantes se convirtió en un símbolo nacional de dificultades, inmortalizado en Las uvas de la ira de John Steinbeck.

Finalmente, intervino la administración Roosevelt. El Servicio Nacional de Conservación de Suelos se estableció en 1935, dirigido por Hugh Bennett, quien, como es sabido, programó una audiencia en el Congreso para que coincidiera con una tormenta de polvo que llegó a Washington D.C. El gobierno lanzó películas que explicaban las causas del desastre, promovió nuevas técnicas agrícolas como el arado en curvas de nivel y plantó más de 200 millones de árboles para crear cortavientos.

Un legado de resiliencia: lecciones aprendidas

El Dust Bowl no terminó hasta que volvieron las lluvias en 1940 y los programas gubernamentales se afianzaron. Si bien las sequías aún azotan las Grandes Llanuras, la región nunca ha experimentado otro desastre de esa escala. La crisis obligó a tener en cuenta las prácticas agrícolas insostenibles y las brutales realidades de la tierra. La historia del Dust Bowl es un crudo recordatorio de que incluso el terreno más fértil tiene sus límites, y que ignorarlos tiene un alto precio.